lunes, 22 de octubre de 2007

DOMINGO DE OTOÑO


El otoño me ha entrado por los bronquios, y se ha convertido en una placentera melancolía. El aire es líquido y frío, y el sol que en verano se pegaba a tí como un amante molesto te dice adiós con la mano desde cada vez más lejos. Pero la melancolía tiene dientes. O peor aún, afilados colmillos que pueden destazar sin contemplación. Morir de melancolía, como mueren los quetzales en lo profundo de la selva, no tiene nada de romántico. Por el contrario, debe ser algo aterrador.


Ayer me fui a pasear con mi hijo al Casc Antic. Visitamos la plaza de San Felip Neri y nos quedamos un buen rato frente a su fachada destrozada por la metralla. Entramos a la Catedral a ver los gansos, blancos como las claras batidas, y los peces negros y naranjas que nadan en la fuente del claustro. Vimos la oscura silueta de una tortuga deslizándose bajo el agua turbia con una facilidad de ensueño. Bebimos agua en la fuente de Sant Jordi, escuchamos a un cantautor, buscamos y encontramos al elefante y al unicornio entre las gárgolas de la Catedral, visitamos las columnas romanas en el Centro Excursionista de Cataluña…


Después nos fuimos a comer algo en algún bar. A veces creo que los camareros se piensan que soy un padre divorciado con permiso de visita los fines de semana, porque siempre me tratan con una amabilidad inusitada. Cada vez que pienso en esos pobres tipos con matrimonios destrozados e hijos a los que sólo pueden ver un par de veces al mes, algo se me retuerce por dentro. Dios quiera que yo nunca tenga que pasar por ese trance.


Sé que lo que escribo hoy no tiene nada que ver con mi cómic. Son reflexiones de domingo por la tarde. La hora del lobo de la semana. Domingo es el día de darme cuenta que este paseo que dí con mi hijo no lo daré al día siguiente. Porque mañana toca reincorporarse a filas y agachar la cabeza ante la lluvia de metralla. El domingo debería ser un día de milagros obligatorios.

Receta para cualquier domingo: Escuchar a The Sundays . Son mano de santo.

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